Venezuela: Cuatro efectos de la aplicación de la Carta Democrática para Venezuela

La decisión del organismo indica que cada vez hay menos salidas para la crisis política.

La Carta Democrática es un documento emanado de la Organización de Estados Americanos- 2001- para promover la democracia en nuestro continente. Su existencia pretende que existan parámetros de reglas de elección transparentes, pluralismo y respeto a los derechos humanos.

Su aplicación más radical se presentó en el caso de Honduras en 2009 que fue suspendida de la OEA en el marco del golpe de Estado contra el Presidente Manuel Zelaya. Con ese instrumento internacional, el ambiente político en América Latina se crispó.

La decisión de Luis Almagro, secretario general de la OEA de invocar el artículo 20 de la Carta Democrática para aplicársela a Venezuela es una demostración de la capacidad de una organización que se encontraba desdibujada por su inactividad en la zona. Normalmente su participación en debates democráticos en la región se ha visto atada a cierta idea de “neutralidad” que le quitaba cualquier actividad diplomática con potencialidad de cambio ante catástrofes humanitarias o democráticas.

La respuesta de varios países del continente fue promover el diálogo entre la MUD- Mesa de Unidad democrática- y el gobierno de Venezuela a instancias de Martín Torrijos, Leonel Fernández y el expresidente español, José Luis Rodríguez- Zapatero, obviando la solicitud de Almagro. Sin embargo, el tema no es simple, la decisión de Almagro tiene cuatro efectos para el caso venezolano.

En primer término, Venezuela es señalado como un país problema en la región. Es evidente que la situación de esa nación terminó siendo parte del debate interno de los países de América Latina.

La violación de los derechos humanos, la actitud hostil del Tribunal Supremo de Justicia, instado por Maduro para menoscabar la Asamblea Nacional, liderada por la mayoría opositora y la crisis humanitaria que se vive en la población del vecino país plantea un escenario de no retorno. Recordemos adicionalmente a esto, que el gobierno de Nicolás Maduro generó una crisis humanitaria sin precedentes al expulsar de su territorio a miles de ciudadanos colombianos sin proceso alguno.

En segundo lugar, deja evidente que los espacios de mediación se agotaron. Puede instarse al diálogo, pero queda probado que Maduro más allá de soluciones, quiere ganar tiempo para aplazar la convocatoria del referendo revocatorio y así, en caso de hacerse el próximo año y perderlo, dejar el poder en manos de su vicepresidente y, con ello, preservar el proyecto bolivariano.

Un tercer aspecto tiene que ver con que el informe de Luis Almagro manifiesta un rechazo contra los regímenes que se tildan de democráticos, pero desconocen los criterios de la democracia material como la existencia de sociedad civil, organismos contra mayoritarios, instituciones de control independiente y equilibrio de poderes públicos.

El rechazo a las decisiones de la Asamblea Nacional, la utilización del ejercito para hacer frente a las manifestaciones populares, la situación de los presos políticos y la penuria en la que se vive, demuestra que no solamente la crisis se produce por un desequilibrio institucional, sino por una ruptura del modelo democrático. La deslegitimación del poder en Venezuela es una realidad.

Por último, el documento de 134 páginas que presentó Almagro, pone a Venezuela en el ojo del huracán ante la posibilidad de ser suspendido en la OEA. Es cierto que conseguir los 18 votos de los 34 Estados es una tarea ardua, pero el simple hecho de ver a Venezuela en estas condiciones, hace que el proceso de aislamiento del gobierno bolivariano esté cerca. Es muy difícil que ante esta situación de crisis, los discursos nacionalistas sean aceptados y que ese régimen sea creíble.

Es hora que América Latina piense que la democracia es un asunto serio. La sociedad democrática no puede ser vista como un simple reflejo atado a la realización de elecciones periódicas con reglas electorales trucadas. La única posibilidad de enfrentar el destino común con certeza es entendiendo que los derechos humanos, el pluralismo y la democracia son una triada sin la cual no puede ni hablarse de libertad, ni de igualdad.

Latinoamérica debe dejar de actuar con sutileza frente a las violaciones de derechos humanos y llamar las cosas por su nombre. Maduro, como dijo Almagro, es un dictadorzuelo, nada más que eso.

FRANCISCO BARBOSA
@frbarbosa74
Ph D en Derecho Público, Universidad de Nantes (Francia) y profesor Universidad Externado de Colombia.