Brasil


Por qué Brasil no puede ser Estados Unidos

3 de febrero de 2010 | Román Ortiz


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A veces, las relaciones internacionales son víctimas de las modas. La última se podría llamar “Super-Brasil”. Se trata de la creencia de que el gigante sudamericano ha alcanzado un peso estratégico que le llevará a reemplazar el liderazgo estadounidense en América Latina. La idea es promovida por partidarios dispares entre los que se incluye la izquierda latinoamericana a la búsqueda de una alternativa a Washington, políticos europeos que sueñan con más protagonismo en un mundo multipolar y sectores del Partido Demócrata norteamericano deseosos de renunciar a sus compromisos hemisféricos y encerrarse en un “esplendido aislamiento”. En cualquier caso, una idea no se convierte en verdad solo porque se repita muchas veces. En consecuencia, ¿cuanto hay de verdad en el mito de “Super-Brasil?

Desde luego, no se puede ignorar el largo camino recorrido por los 193 millones de brasileños. El país presenta hoy una de las economías más sólidas del continente. De hecho, Brasil podrá anotarse un modesto crecimiento del 0,2% en el 2009 cuando la inmensa mayoría del mundo se ha despeñado en una profunda recensión. Para el próximo año, las cosas irán mucho mejor hasta situarse en un aumento estimado del 5,8% del PIB. Una trayectoria ascendente que se apoyará en la explotación de los enormes yacimientos de hidrocarburos encontrados en aguas al oriente de Río de Janeiro con un volumen estimado de 50.000 millones de barriles de crudo.

La expansión económica ha venido acompañada de una intensificación de la actividad internacional del país austral. Como sede del Ministerio de Relaciones Exteriores brasileño, el Palacio de Itamaraty ha buscado un papel mediador en cada disputa importante que ha enfrentado a las repúblicas latinoamericanas. Al mismo tiempo, Brasil ha impulsado la consolidación de UNASUR como un foro regional donde puede disfrutar de un predominio indiscutido dada la exclusión de EE.UU. Paralelamente, Brasilia se ha embarcado en un espectacular programa de rearme. Si las negociaciones con Francia culminan con éxito, París suministrará a Brasilia 36 cazabombarderos Rafale, 50 helicópteros de transporte EC-725 Cougar, 4 Submarinos convencionales Scorpene y uno más de propulsión nuclear. Eso sin contar con que Rusia va a proporcionar 12 helicópteros de ataque Mi-35M e Italia cooperará en la producción de 2.044 blindados VBTP-MR.

Pero detrás de estos signos de poder, una larga lista de debilidades se oponen al sueño de “Super-Brasil”. La economía todavía descansa demasiado en la exportación de materias primas y poco en la producción de bienes de alta tecnología. EMBRAER, el gigante aeroespacial brasileño, es una excepción en un país que genera la mayoría de sus divisas de la venta de café, azúcar, hierro, etc. Al mismo tiempo, el activismo del Movimiento de los Sin Tierra (MST) pone en cuestión los derechos de propiedad rurales y alimenta una conflictividad social que disuade la inversión en la agricultura. Por su parte, el intervencionismo estatal lastra las posibilidades de desarrollo empresarial y los negocios informales equivalen al 40% del PIB.

Por otra parte, Brasil parece tener una diplomacia más visible que efectiva. Itamaraty no pudo evitar que el gobierno boliviano impusiese una política energética perjudicial para la brasileña PETROBRAS y la beligerancia del ministro Celso Amorim fue incapaz de lograr la restitución de Manuel Zelaya en la presidencia de Honduras. Por lo que respecta al aparato de seguridad, el brillante desempeño del destacamento brasileño en la misión de la ONU en Haití no garantiza que unas fuerzas armadas sin experiencias bélicas relevantes estén en condiciones de ejecutar operaciones de envergadura en solitario o como líderes de una coalición. De momento, el gobierno de Lula tiene bastantes problemas para mantener la paz en sus propias ciudades. De hecho, Río o Sao Paolo son ciudades mucho más violentas que Bogotá o Lima.

Más allá de esta lista de obstáculos, la principal barrera que enfrenta la idea de “Super-Brasil” es intangible, pero decisiva. La clave para llegar a ser una gran potencia no es tanto poseer el tamaño como tener la voluntad para asumir la carga de un liderazgo que exige asistir económicamente a socios más pobres o enfrentar a rivales bien armados. En este sentido, EE.UU. resulta único puesto que su nacimiento como nación quedó asociado a la defensa de unos principios -libertad política y económica – que han legitimado ante sus ciudadanos los esfuerzos para extender su influencia en el mundo.

Brasil carece de un bagaje equivalente, un conjunto de valores que animen a su sociedad a respaldar los objetivos internacionales de la república. En otras palabras, no parece haber una motivación colectiva que vaya a empujar a las clases medias emergentes brasileñas a asumir los costes humanos y financieros que implicaría asumir el papel de una potencia regional.

Entonces, ¿el coloso del sur será grande, pero irrelevante? Ciertamente, no. En realidad, la apuesta de Brasilia no es nueva. Lo intentó en la década de 1910 cuando trato de crear una flota oceánica para dominar el Atlántico Sur y luego en los 70 cuando buscó desarrollar un arma nuclear. En ambos casos, la intención era consolidar una hegemonía indiscutida en América Latina y disputar el predominio hemisférico a EE.UU. Brasil fracasó en ambos esfuerzos; pero en el proceso conquistó cuotas de influencia sobre algunos de sus vecinos y recibió una atención privilegiada de Washington. Esta vez el desenlace puede ser parecido

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* Director del Área de Información y Análisis del Grupo Triarius y profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes


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